Los indicadores colocan a Panamá en niveles competitivos envidiables, comparables solo a los de países que se encuentran cerca del desarrollo o que ya han alcanzado esta anhelada meta. Pero parece que a los panameños el progreso económico nos tomó por sorpresa: los índices de pobreza son vergonzosos; la percepción en materia de corrupción sigue siendo pésima y la eficiencia no figura entre nuestros atributos. Entonces, ¿qué somos? Pues somos un país rico, con mucho potencial, pero con una conciencia social reprochable.
El desarrollo integral conlleva necesariamente la inclusión de los menos favorecidos; renunciar al excesivo legalismo e impartir verdadera justicia y así desterrar la impunidad; también requiere de un compromiso permanente de los funcionarios en su desempeño ético y profesional.
El desarrollo es mucho más que tener dinero disponible para regalar ocasionalmente unas cuantas monedas a los que nada tienen. El progreso económico implica alcanzar la madurez social como nación. Si no lo logramos, seguiremos siendo lo que somos: un pobre país rico.
