Hay una guerra que nunca parece llegar a su fin. Se libra todos los días, sin cuartel, y en condiciones de desigualdad. Por un lado, los gobiernos, adversarios poderosos que cuentan con un arsenal que no dudan en usar si con ello protegen sus santos secretos. Del otro, los periodistas, cuyas únicas armas son la pluma, la perseverancia y una que otra ley a las que apelan para reclamar el derecho que le asiste a todo ciudadano de estar informado.
Los escenarios de estas batallas están en todo el mundo: Cuba, China, Venezuela, incluso en Estados Unidos, y por supuesto, en Panamá. Hasta hace poco figurábamos en la lista de países con el casi pleno goce de libertad de expresión, con algunos nubarrones, pero en franco mejoramiento, hasta que aparecieron los artículos en el nuevo Código Penal que nos hicieron descender varios escalones.
Si bien hoy celebramos el día mundial de la libertad de prensa, en Panamá el festejo es gris e insípido porque hemos perdido esta batalla. Pero hará falta más que eso para declararnos derrotados en esta guerra sin cuartel.
