Como actividad mediática quedó muy bien: logró ratings en la televisión y espacio en los diarios. Un éxito..., pero pírrico. Las operaciones que hizo la semana pasada la Fuerza Pública para acabar con los pandilleros en Curundú y en El Chorrillo fueron ruidosas, pero sin muchos resultados.
El show ha terminado y recién nos damos cuenta de que es una tragicomedia en la que unos llorarán –la ciudadanía, como siempre– y otros reirán, como los menores pandilleros, que ahora descansan plácidamente en sus casas... o en la calle. Estos adolescentes pasaron de la Policía, a órdenes del Ministerio de Desarrollo Social, y de allí, a la libertad. ¿Hay culpables por esto? Veamos: la Policía no se puede quedar con ellos y el Ministerio tampoco, porque no los puede investigar.
Entonces, ¿para qué los detienen? Esto parece un juego de fútbol –en el que todos se pasan la pelota–, pero sin portería. Entre tanto, el pandillerismo se mantiene próspero, robusto, tanto como el desorden de la industria inmobiliaria. ¡Qué espectáculo!