¿Alguien tenía dudas? Cuando se combina ausencia del Estado, pobreza y pandillas, el resultado nunca puede ser bueno. Ayer amanecimos devastados por un drama que, aunque cueste imaginarlo, pudo terminar aún peor. Nadie puede mostrarse ahora sorprendido, y menos los funcionarios que corren a prestar ayuda, a poner orden donde han dejado que el desorden fuera la norma.
¿A quién le sorprende que en Curundú la durísima realidad cotidiana pudiera traducirse en infierno en llamas? Pobres contra pobres (eso son los pandilleros además de delincuentes), la ley de la selva donde el Estado solo se reconoce en un uniforme verde de dudosa confianza y donde solo algunas organizaciones religiosas se atreven a trabajar con la comunidad.
En Curundú vive gente decente que lucha todos los días contra la pobreza y contra los fantasmas del estigma que el resto de la ciudad les impone. No se debe dejar que el ángulo de seguridad domine la reacción a este siniestro y, más bien, hay que abrir un debate sincero sobre qué hace Panamá por los panameños, sobre los ciudadanos de primera y los de tercera o sobre infraestructura de emergencias. Hay mucho por hacer.
