El caos urbano se agrava, y por encima de los discursos nadie parece tener la fuerza ni la valentía de poner orden. Con la construcción de decenas y decenas de nuevos edificios, llega de la mano toda suerte de preocupaciones que van desde densidades copadas, hasta el delicado tema de la seguridad.
Evidentes son las limitaciones de un cuerpo de bomberos que poco puede hacer para garantizar rutas de escape en caso de incendio en las enormes moles, agua suficiente o vías de acceso. No esperemos a que ocurra una tragedia. Ya estamos atrasados: son decenas de rascacielos los que están en construcción.
Los cambios en la zonificación en los barrios de la ciudad se aprueban en perjuicio de la calidad de vida de sus vecinos, empeorando la pesadilla vial que padecemos todos a diario. Es por ello que hay recordarles a las autoridades que rigen la urbe –incluyendo al ausente Alcalde–, que el perfil que dibujan los rascacielos de esta ciudad no necesariamente significa progreso. También puede significar caos. Y ahora estamos más cerca de lo último que de lo primero.
