Hay que reconocerlo, a la presidenta de la Corte Suprema de Justicia se le ha extrañado. La hemos escuchado criticando a los medios de comunicación porque ellos son los culpables de la mala imagen de los magistrados. La vimos cuestionando a la jefa del Ministerio Público y, por supuesto, cumpliendo visitas de cortesía e invitaciones a una decena de países. Recientemente, pocos le quitaron la vista cuando celebró con cenas, paseos, agasajos y costosos gastos el inicio de la Semana Judicial.
Pero en la discusión de los proyectos Penal y Procesal Penal ni los diputados ni todos los que están interesados en el tema pudieron escuchar lo que ella –como cabeza del Órgano Judicial– piensa sobre el proceso de discusión de los códigos o qué opina sobre su contenido. Se ignora si, al menos, ha seguido su discusión en los medios. Entonces, ¿qué actitud debe uno interpretar que ha tomado la presidenta de la Corte?
¿La del avestruz, que esconde su cabeza, o la de simple espectadora, que no quiere intervenir? Cualquiera que sea el despropósito de la presidenta de la suprema corte, ello no puede ser otra cosa que un acto supremamente reprochable.
