La reforma en un país de los códigos Penal y Procesal Penal tiene un tinte estructural. Se trata del cuerpo de normas que rigen la convivencia en una sociedad y es un retrato bastante cercano a cómo se ve la misma. Marca las pautas, permite juzgar, eximir, condenar, liberar... La Asamblea Nacional debería ser el lugar del debate, el foro donde la ciudadanía organizada acude para discutir y consensuar con los políticos –meros representantes profesionales del pueblo- el cuerpo de leyes y normas de los que nos dotamos para alcanzar el sueño de una nación próspera y justa.
Por eso indigna tanto ver cómo, una vez más, los honorables agarran velocidad, se tapan los oídos y finiquitan en una semana un debate que debería ser profundo, técnico y con visión de futuro.
Una vez más, los presuntos representantes del pueblo le dan la espalda y van a pasar a votar sin pensar –rara vez lo hacen- unos códigos que, entre otras lindezas, pueden dejar a Noriega en la calle, fomentar la delincuencia, retroceder en avances sociales conquistados durante años y generar nuevos excluidos. Un aplauso para los padres de la Patria, ¡así sí que se construye un gran país!
