Ante la corrupción solo hay dos remedios: transparencia y consecuencias. La primera receta consiste en mantener informada a la ciudadanía de cada caso para hacerla cómplice en esta lucha y para demostrarle la voluntad de cambio. La segunda se traduce en sacar de nuestras instituciones a cualquier personaje, sea cual sea su rango, que cometa un acto de corrupción, sea cual sea su dimensión.
Esto es lo que tiene que entender el director de la Policía Nacional, Rolando Mirones. Desde que asumió el cargo, ha mostrado la intención y la decisión de enfrentar los quistes que han ido mermando la confianza en esa institución. Pero las consecuencias se han sentido con dureza en los agentes sin rango o en oficiales de menor grado –a excepción de casos tan descarados como el del comisionado Soto–.
En instituciones tan jerárquicas como la Policía, donde los códigos de honor no escritos tienen igual o mayor peso que el escalafón, hay que huir de la tentación de limpiar los trapos sucios dentro de la casa. Entre otras cosas, porque hablamos de bienes y funciones públicas.
Hágase la luz.
