Por esos absurdos de la vida, el Día de los Derechos Humanos murió Augusto Pinochet. Contrario a la ignominia que sufrieron los miles de asesinados, torturados y desaparecidos bajo órdenes suyas, falleció bajo la tutela de un Estado de Derecho y una democracia robusta.
A pesar de los logros económicos alcanzados, Pinochet representó uno de los períodos más siniestros del militarismo latinoamericano que, bajo el pretexto de la Doctrina de Seguridad Nacional, llevó a la destrucción de instituciones democráticas, de la libertad y la vida de miles de chilenos.
Hoy sabemos que la corrupción también estuvo bien arraigada en su despacho, como lo está en toda dictadura, de derecha o de izquierda. En otra paradoja más, como dijo ayer el poeta Mario Benedetti, "la muerte le ganó a la justicia" porque terminó sus días sin recibir ni una condena por sus innumerables actos de represión y corrupción, como ocurre con casi todos los tiranos. Sin el castigo de la justicia, al mundo le queda no olvidar su historia.