El ingreso de Roberto Mano de Piedra Durán al salón de la fama de Los Ángeles es un acto de justicia con el más grande y querido de los boxeadores de nuestra tierra. Desde hace mucho se esperaba tal reconocimiento para este hombre que siempre ha sido un emblema de Panamá, que ha llevado el nombre y los colores de la patria por todo el mundo, trasladando el honor de sus triunfos personales al alma y al sentir de la nación.
Durán se abrió camino a puño limpio hasta ser un mito del pugilismo mundial y, pese a su gloria y a sus debilidades -tan humanas-, nunca perdió ese espíritu afable que caracteriza al hombre panameño. Si se puede hablar de una leyenda viviente en este país es él.
Por eso enorgullece este reconocimiento que nadie pone en duda y que llena de alegría a todos, desde sus vecinos que lo vieron crecer en El Chorrillo hasta quienes siguieron su brillante carrera de cinco décadas en distintas latitudes del planeta.
