Como si no fuera suficiente con los conflictos armados y las más de 30 guerras olvidadas que hay regadas por el planeta, ahora se levantan vientos de discordia por las referencias de Benedicto XVI sobre el islam. El debate sobre lo que el Papa dijo o quiso decir dará para muchas interpretaciones, pese a que el Pontífice ya ha pedido disculpas a quienes hayan podido sentirse ofendidos.
Este siglo XXI –que para muchos ha de ser la centuria del ecumenismo y el diálogo interreligioso– ha arrancado con peligrosos vientos de intolerancia que provienen del fundamentalismo fanático. El mundo parece retroceder hacia periodos ya superados de la historia y el choque de las creencias parece inevitable. Más de uno empezó a pescar en río revuelto.
El Presidente de Irán, un energúmeno que no mide palabras para pedir el exterminio de Israel, que juega con el potencial nuclear y desafía cuanto llamado de cordura le ha hecho la comunidad internacional, resulta ser el más ofendido. Ante una sociedad cada vez más secularizada, el llamado de todas las religiones debería ser al entendimiento y a la tolerancia. Ese mensaje permitiría derribar las barreras levantadas por intereses políticos y económicos, y no por llamados divinos como algunos lo hacen ver. Dios no está para esas cosas.