Hoy por Hoy 2006/09/13

La infancia se parece cada día más a una especie amenazada: todo el mundo conoce su valor, es motivo de documentales y premios, pero languidece ante el atropello del más fuerte o del indiferente. No hace falta que nos lo recuerden desde el exterior, pero es lacerante cuando un gobierno extranjero en sus informes consigna que uno de cada 25 niños panameños trabaja y puede ser víctima de explotación sexual comercial o no comercial. Las amenazas vienen de múltiples flancos. Para el que trabaja, porque lo hace en condiciones inhumanas. Para el que estudia, porque en su mayoría se enfrenta a una educación pública tercermundista que no le ayuda a mejorar las condiciones en que nació y, por si fuera poco, intermitente por obra y gracia de un grupo de docentes. Y para las víctimas del tráfico y la prostitución infantil, porque las secuelas en la mente y en la piel son irrecuperables. Lo más grave es que esta situación no tiene que ver solo con políticas públicas erráticas ni con la pobreza que empuja a la desesperación, sino con una crisis de valores profunda y creciente. La primera alianza y el primer reto, en este caso, corresponde a la sociedad civil.

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