Hoy por Hoy 2006/09/02

Desgarra el alma saber que ocho ancianos y un joven con problemas mentales estaban sometidos a maltratos físicos y a la hambruna, en el albergue donde vivían en Arraiján. Pero duele más el que ni las autoridades ni la sociedad se hayan dado cuenta a tiempo que eso estaba pasando. Porque no ocurrió en otro país ni en una selva remota como para decir que tal ceguera fue producto de la distancia: fue aquí mismo, en nuestra tierra, y los agresores y sus víctimas son nuestra propia gente. El individualismo, esa característica resultado de la modernidad, tiene su rostro negativo cuando lleva a la insensibilidad social, a que no importe nada de lo que le pase al vecino porque no se sabe siquiera quién es, a que se pierda la dimensión del otro. Demasiadas veces se levanta la voz para criticar la indiferencia oficial, pero aquí la protesta tiene que ser tan drástica contra el Estado, como contra la sociedad que permite esta clase de actos salvajes. Cuando se pisotean las necesidades básicas de un ser humano, sin importar quién sea ni dónde esté, la dignidad de cada uno de nosotros también es agredida.

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