Es increíble que en pleno siglo XXI el país carezca de estadísticas nacionales consolidadas sobre enfermedades de tanto impacto social como los problemas cardíacos, los trastornos bipolares o la diabetes. Conseguir hoy datos sobre estas y otras patologías requiere la dispendiosa tarea de armar un rompecabezas de números dispersos en todas las instituciones del sector, tanto públicas como privadas.
Las estadísticas no son un capricho cuantitativo, como muchos creen, y menos cuando se trata de las que tienen que ver con salud pues son un instrumento de Estado que permite tomar decisiones y fijar políticas en materia sanitaria. Van más allá de conocer la situación de la población: sirven para prever los posibles resultados de los programas masivos de atención y para usar de manera eficiente los millonarios recursos que ellos requieren.
Es urgente que el Ministerio de Salud agilice sus proyectos de modernización en este campo, para saber por fin dónde estamos y cómo estamos, porque en algunos aspectos de salud pública el país parece caminar por un oscuro túnel, pero sin linterna.
