Uno de los argumentos tradicionales para excluir a las poblaciones indígenas es la tesis de que su propia cultura juega en contra del avance de esas comunidades. El argumento, además de poco respetuoso, es falaz. Cada pueblo tiene derecho a su propia conformación cultural y es, precisamente, el avance socioeconómico el que hace evolucionar las tradiciones.
Por eso es una marca negativa que los pueblos indígenas de Panamá sigan viviendo al margen del desarrollo, sin acceso a los sistemas de salud y con una educación más que precaria. La invisibilidad social a la que están sometidos hace menos evidente este drama, pero historias como las que se están publicando en el marco del proyecto Pobreza Enemiga nos muestran, por un lado, ese abandono, y, por el otro, el esfuerzo de algunas comunidades por salir adelante con o sin la ayuda del Estado.
El presidente Torrijos ha tratado de ondear la bandera de lo indígena, pero lo ha hecho a punta de subsidios y campañas cuasi ‘humanitarias’, en lugar de apostarle al desarrollo sostenido y construido en colaboración con las mismas poblaciones. Nos queda mucho por hacer.
