Una de las ecuaciones que peor formulan nuestros gobiernos es la del presupuesto público. Los mayores porcentajes están destinados a mantener la arquitectura burocrática y paquidérmica -incluidas botellas- del Estado, convirtiendo a ministerios y demás instituciones en entidades poco eficientes.
Los ciudadanos no sienten la incidencia de la acción oficial porque la plata se pierde en planillas interminables de poca justificación. Sin embargo, los porcentajes destinados a la inversión suelen ser mínimos, un pequeño trozo del pastel para lo más vital: las infraestructuras, los recursos de atención al ciudadano, la formación, la salud...
Hoy constatamos que el nivel de inversión en temas de seguridad también es mínimo. Tenemos que escuchar a los responsables de los estamentos de seguridad mendigando recursos o tocando las puertas de la cooperación internacional para mejorar las herramientas en la lucha contra el crimen organizado. La inversión bien planificada y ejecutada con probidad es la garantía del desarrollo y el gobernante que se atreva a voltear los porcentajes recibirá los réditos políticos.
