La guerra nunca trae buenas noticias y -una vez más- se derrama sangre en el Medio Oriente con peligrosa intensidad. Lo que está ocurriendo en Líbano es de cuidado y la comunidad internacional tiene que intervenir. Israel, en justa defensa de su integridad y obligada por el derecho a sobrevivir con la hostilidad perenne que le rodea, está sin embargo haciendo uso desmedido de la fuerza en su tarea por acabar con Hizbulá.
Al ignorar las normas de la Convención de Ginebra y provocando muertes en la población civil, está cosechando críticas alrededor del mundo que precisa atender. No hay duda que Hizbulá ha utilizado históricamente a los civiles como escudos humanos y que, además de la complicidad de las autoridades libanesas, los israelíes ven amenazada su existencia por dicho movimiento y por varios países de la región que callada o públicamente sostienen la suicida tarea de acabar con el Estado de Israel.
Pero nos preocupa ver caer a este país, con el que compartimos valores fundamentales occidentales y principios democráticos ejemplares, en la vorágine de la violencia excesiva o de la pérdida de la autoridad moral. No olvidemos que al final, por alto que sea el precio a pagar, la gran diferencia con la que contaran las partes es el apego a los principios, e Israel debe evitar la tentación de perderlos en esta batalla.
