El concreto no se siembra, pero se está tomando la ciudad a la misma velocidad que caen los árboles que nos dan la vida. Nuestras ciudades, hasta ahora verdes y tropicales, están convirtiéndose en cajones de cemento y ladrillo, en urnas ventiladas con refrigeración artificial, en espacios no aptos para guayacanes o corotús. Quizá en un futuro, tampoco aptos para seres humanos.
La capital crece a ritmo acelerado y parece que nadie se está encargando de preservar el verde y de pensar qué tipo de urbe queremos. Este no es un tema romántico, o un asunto de ecologistas. Los espacios verdes –los espacios verdes públicos- son una especie de sello de garantía para asegurar que las generaciones actuales y las futuras tengan calidad y calidez de vida.
El cemento aísla y genera actitudes individualistas y cerradas. El verde es un lugar de encuentro, de conversación, de comunidad. La buena noticia es que si se planifica, ambos son compatibles. Si no se hace, el ladrillo siempre ganará la partida porque a corto plazo es más rentable.