La justicia panameña tiene muchos problemas y uno de ellos es que el descaro se ha instalado en la práctica legal, protegiendo a quien controla los vericuetos del sistema o a quien tiene poder o influencia para torcer voluntades. El caso Jones es un prototipo de ello.
Sin ningún atisbo de circunspección, y ante la incredulidad de la opinión pública, se han evacuado todas las diligencias legales que apuntan a un autosecuestro de bienes en un desesperado intento por evitar las responsabilidades pecuniarias que puedan surgir del accidente automovilístico que costó la vida al matrimonio Díaz. Otra desfachatez en esta truculenta historia en la que versiones incongruentes y carros fantasmas se disputan la autoría de un hecho lamentable, irreparable y ahora tortuoso en demasía.
Es un caso emblemático, que con vergüenza sumamos a la larga lista de agujeros negros de nuestro sistema judicial, donde quien no juega vivo queda en la indefensión del ingenuo. El país en manos de vivarachos y cínicos, las promesas de reforma a velocidad de tortuga, y la población viendo el bochornoso espectáculo a través de los medios.