El Parlamento Centroamericano, esa reunión de diputados sin un destino claro ni fuerza coercitiva para cumplirlo, propone reformarse para dejar de ser un órgano consultivo sin más autoridad que el escarnio público para pretender ser operativo. Y lo cierto es que no sabemos qué provoca más miedo: si una institución como la actual, costosa y de función decorativa; o un nuevo parlamento, más oneroso y con dientes para intervenir en las políticas de los Estados miembros.
Las organizaciones supranacionales no solo son deseables, sino necesarias, pero en América Latina tenemos la tendencia a que estos parlamentos y organismos regionales reproduzcan buena parte de los defectos de las instituciones nacionales, sirvan de refugio para políticos en retirada –incluso en huida– y pierdan credibilidad cada vez que dan un paso.
El Parlacen no es la excepción y es urgente una reforma profunda y real antes de que el descrédito castre el cambio. Bienvenidas las propuestas siempre que no sean de maquillaje y siempre que ayuden a la integración de legislaciones, la coordinación de políticas y la eficiencia en las relaciones multilaterales.