La preocupación por la seguridad en los edificios de nuestra capital no es un capricho de los bomberos o fruto de un informe más. Es la constatación de un problema que, si no se ataja, puede traernos sorpresas desagradables. El mal tiene tres componentes. Uno, el de las construcciones, que no siempre aplican estándares de seguridad razonables para la altura o la densidad de población que van a albergar.
El segundo tiene que ver con el modelo de ciudad, con vías demasiado estrechas, con edificios gigantes levantados aprovechando hasta el último metro, y con un irrespeto del espacio público que se puede pagar caro. El último habla de unos cuerpos de prevención y atención de desastres –fuegos, inundaciones, etcétera- que trabajan con una precariedad de equipos y de recursos humanos lamentable.
Por eso la advertencia sobre lo grave que puede ser un siniestro en los edificios que no cuentan con los accesos o las medidas de prevención necesarias es un buen llamado de atención y una buena oportunidad para poner remedio antes que lamentarnos por omisión.
