Las buenas infraestructuras tienen varias bondades. Además de permitir el mejor desarrollo del país, algo evidente, generan una sensación optimista de mejora en la población y permiten intuir que nuestros impuestos tienen un noble destino y una ejecución eficaz.
Por eso es tan deprimente transitar por algunas calles de la capital, en la mayoría de caminos del interior, evitar los huecos y salvar las curvas mal trazadas, rezar porque no llueva y aprender a nadar a cuatro ruedas. Emprender un plan nacional que mejore las principales arterias viales, y dignifique las entradas y salidas de nuestras principales ciudades, es urgente.
De nada sirve pensar en megaproyectos de transporte, si no se solucionan primero los problemas cotidianos que afectan a transportistas públicos, privados y usuarios. Si tapamos los huecos e iniciamos una campaña para mejorar la actitud y la aptitud de todas y todos los conductores –tan precarias como las vías– la calidad de vida y la confianza en las instituciones ganarían puntos.
