La muerte de Jesús es una oportunidad para reflexionar sobre el rumbo de la vida. El papa Benedicto XVI indicó en su homilía de la Misa del Crisma, que el mundo “con su activismo frenético pierde con frecuencia el rumbo”.
Como quiera que el mundo somos todos los seres humanos que lo habitamos, somos nosotros los que debemos cavilar para evitar perder el rumbo correcto. Sea cual fuere la religión que se profese, estos días invitan a retomar los compromisos con la vida, a reforzar los lazos de solidaridad con los excluidos, a estrechar la relación de respeto con los seres queridos e, incluso, con los peores enemigos, a entender que los seres humanos podemos convivir en este planeta sin importar las diferencias...
Lo mejor del mensaje de Jesús es que pone en el plano individual la obligación y la responsabilidad de ser buenos ciudadanos, buenos seres humanos. La decisión es personal, de cada uno, pero las consecuencias repercuten en todos como sociedad.
