Panamá no puede hablar de apertura ni ser un punto de encuentro e intercambio si sus leyes van en contra de esa doctrina. La Asamblea Nacional aprobó en tercer debate una ley que regula el ejercicio de la profesión para los biólogos, y dispone que para el ejercicio de la biología en Panamá habrá que ser panameño.
Sigue así la triste colección de leyes -que van desde los químicos hasta los médicos- que garantizan el atraso científico y atentan contra la transferencia de conocimientos. Se redactan normas anticuadas que bajo la creencia de que protegen a los nacionales, terminan sumergiéndonos en el ostracismo, aislándonos intelectualmente y haciéndole más daño al país.
Solo queda apelar al Presidente de la República para que vete este ejercicio proteccionista sin sentido en un país al que llegan biólogos de todo el mundo atraídos por nuestra riqueza natural, donde promocionamos la Ciudad del Saber y el Smithsonian como centros de investigación y donde lo que nos hace falta es potenciar la calidad, no los pasaportes. El reto es atraer a los mejores científicos que podamos, no rechazarlos porque no nacieron en el Istmo.
