Los dobles discursos están de moda en la política internacional, o quizá nunca han dejado de practicarse. Israel demostró ayer cómo se puede negociar con una mano y golpear con la otra, cómo se puede pedir respeto para, al minuto siguiente, irrespetar al otro.
El asalto de ayer a la cárcel palestina de Jericó es un preocupante ejercicio de prepotencia en el que Israel entra por la fuerza y captura a los ya detenidos por otra autoridad, la palestina, en teoría reconocida por Jerusalén. También es una muestra de la incapacidad de las fuerzas británicas y estadounidenses que custodiaban la prisión y de cómo el “ojo por ojo” gestiona el conflicto en Oriente Medio: los milicianos palestinos corrieron a vengarse de la toma atacando sedes diplomáticas europeas y secuestrando a todo occidental que se encontraban.
Los episodios de ayer son la crónica de una guerra bipolar que pasa de la calma a la histeria a la misma velocidad con la que las partes se saltan todas las normas legales internacionales.
