La guacamaya roja y el águila encrestada descubrieron hace mucho lo que apenas ahora los panameños asombrados intentamos mostrar al mundo.
El Parque Nacional Coiba cobija en sus más de 200 mil hectáreas especies endémicas, sorprendentes aves, reptiles y mamíferos acuáticos, así como más de mil 400 especies de plantas, 7 grandes manglares y 135 hectáreas del mayor arrecife de toda la región centroamericana. Todo ello subsiste -aún en estado natural- solo por el histórico aislamiento cuando a principios del siglo pasado se creó la colonia penal en Coiba, la principal isla del parque.
La reclusión e incomunicación humana de delincuentes peligrosos, paradójicamente garantizó la conservación sin intrusión de la mano humana. Ahora, desde cruceros desembarcan pasajeros ansiosos de seguir el sendero de monos aulladores y bañarse en aguas termales. Hasta allí, estupendo. Pero debemos dar un paso más. Corresponde al Gobierno garantizar la preservación, el crecimiento ordenado y el turismo ecológico que no arremeta ni degrade este hábitat de ensueño declarado por la UNESCO, patrimonio mundial natural.