Ya pasaron los fuegos artificiales que programó el Ministerio de Gobierno y Justicia para celebrar la renuncia de José Calderón al frente del Sistema Penitenciario y ahora, sin el estruendo de los anuncios de millonarias inversiones y de humanización de las cárceles, podemos comprobar que no hay cambios sustanciales. Los policías acusados de abusar y torturar a los presos cumplen penas ridículas en un entorno amable dentro de las instalaciones de la propia institución.
Las reyertas entre presos son cotidianas y no se conoce un plan real de inversión que suponga un cambio drástico en estos humillantes centros carcelarios. Nuestras prisiones no corresponden al nivel económico e institucional del país y los espectáculos mediáticos no solucionan los profundos problemas que enfrentan.
Pero, además, el castigo para los que creen que el poder se puede utilizar contra el prójimo debe ser ejemplar para evitar que se confunda la autoridad con el autoritarismo. Menos discursos y más ejemplo.