Mientras discutimos entre la centralización o la descentralización de las funciones estatales, un tema debe quedarle claro a los panameños: contamos con un Estado enorme y su ineficiencia asombra ya hasta a los organismos internacionales.
La centralización tiene sus más y sus menos. Una de sus virtudes, en lo que atañe a asuntos de Estado, es la posibilidad de evitar la dispersión de esfuerzos y de recursos. Su gran defecto, que la concentración termine por dar vida a un paquidermo inamovible y ajeno a las realidades del lugar.
Hay fórmulas de uno y otro signo que pueden funcionar, pero eso sí, sin las pretensiones de super estructuras totalmente ajenas a un país pequeño y de poca población.
Al final, todos los panameños sacamos directa o indirectamente de nuestros bolsillos para mantener el gigantesco aparato estatal. La clave está, primero, en alejar el clientelismo crónico, para entonces buscar la eficacia de nuestras instituciones.
