El pirateo de música o películas es un delito, y quienes muestran de soslayo estos productos ilícitos en los semáforos son tan delincuentes como quienes los compran, sabiendo su origen. Hay "piratas" que se convierten en tales, empujados por una necesidad que no justifica el delito, pero que sí explica sus circunstancias.
¿Quién es más pirata: ése que vende en el semáforo para rebuscarse la vida o el empresario que desoye los precios recomendados para el combustible y mantiene tarifas que no corresponden al costo del producto? Por desgracia, el libre mercado que debe servir para fomentar la sana competencia y beneficiar al consumidor final, también es utilizado como parapeto detrás del cual manipular y engañar al ciudadano.
Por si no fuera escandaloso el hecho en sí, la indignación se condensa al comprobar cómo las autoridades no tienen herramientas para que estos empresarios entren en cintura. Sólo queda una solución: el castigo de los consumidores al no comprar en esas estaciones ¿piratas?