La denuncia permanente no es el único campo de acción del periodismo, pero en los últimos días hemos tenido que centrarnos en situaciones nada positivas para evitar que se pueda obviar la magnitud de su gravedad.
De las torturas a presos o la violación a los derechos humanos, hasta la inseguridad ciudadana, pasando por los crímenes medioambientales –como el de las emanaciones contaminantes o las extracciones devastadoras–, las denuncias han salpicado nuestras portadas y amargado más de un apacible desayuno.
No se trata de denunciar por denunciar, sino de movilizar voluntades ciudadanas y provocar decisiones oficiales. Una sociedad debe ser vigilante de su propio devenir, y un gobierno debe tener respuesta pronta y eficaz contra lo que parece coyuntural pero que, en realidad, trasciende a una temporada en Las Garzas. Que las denuncias sirvan de algo, para que la valentía de los que cuentan la verdad no sea estéril.