El secuestro de dos ciudadanos españoles en una zona selvática cerca de la frontera con Colombia, en Darién, es la contundente comprobación de que hay un buen pedazo del territorio nacional que continúa de espaldas a la seguridad nacional.
La escasa fuerza policial existente y lo rudimentario de su apertrechamiento reafirman la impotencia reinante a la hora de atajar el paso de narcotraficantes, grupos armados ilegales o de cualquiera de los actores del conflicto colombiano que buscan descanso, vía hacia el norte, o presa para su locura guerrera. Por desgracia, las noticias no son buenas y este diario ha podido comprobar cómo la presencia policial no genera la tranquilidad ni el control deseable.
El Gobierno tiene el deber de hacer algo y hacerlo rápido, porque la triste enfermedad de la violencia en la que está sumida Colombia puede ser contagiosa si no se toman medidas preventivas y el desarrollo de estas comunidades de Darién o las inversiones en turismo en esta zona privilegiada por la naturaleza se puedan quedar en quimeras. Y la sensación es que nuestras autoridades ni siquiera conocen la verdadera dimensión de este drama.
