Este país está necesitado de buenos ejemplos democráticos porque la verdad es que no abundan. Por eso, la negociación sobre el salario mínimo es una oportunidad única para que los empresarios y los trabajadores nos demuestren que sí tenemos capacidad de diálogo, que es más productivo llegar a acuerdos que dejar que terceros impongan decisiones salomónicas, y que hay madurez política en los diversos sectores para entender que un salario mínimo acordado vale más que mil discursos entonados desde las trincheras.
Las propuestas, todas, aparecen en orillas relativamente cercanas del mismo río. Los integrantes de la comisión pueden demostrarnos que, en nuestro país de políticos menguantes y magistrados delirantes, hay líderes del tejido social y empresarial con la madurez y la valentía que requiere el futuro inmediato. Un buen acuerdo es aquel en el que todos pierden –y todos ganan–. A ello estamos apostando.
