Independientemente del nombre del juego –ya sea apertura o protección– las reglas no pueden dejarse al vaivén de las autoridades de turno. Los protagonistas y participantes requieren tener claro el panorama para que –al final– la decisión de jugar o no sea enteramente una cuestión comercial y no una batalla de poderes, influencias e intereses particulares.
Si Panamá, libre y soberana, suscribió acuerdos internacionales y se comprometió a minimizar las barreras arancelarias que obstaculizan el libre intercambio comercial, entonces deben cumplirse esos presupuestos. De lo contrario, fingiremos futuro cuando realmente ahuyentamos la inversión. Definamos de una vez por todas el apego a la legalidad de las prácticas comerciales, para que la especulación y el juega vivo no sean el emblema nacional.
