Es una mala práctica que lleva años en nuestro país. Las obras del Estado, financiadas con fondos públicos y llevadas a cabo por funcionarios cuyo trabajo es precisamente ese, aparecen inauguradas como si se tratara de regalos personales de los gobernantes a las comunidades.
Placas y letreros con "Obra del presidente o del representante" abundan por nuestras calles con tanta frecuencia, que pasa ya desapercibida la inexactitud y el mal gusto del mensaje.
Las obras de hoy, a diferencia de las épocas en que los soberanos regalaban a sus súbditos, son del Estado y de los ciudadanos. Así, mientras el político actual reclama la fama equivocada, aprovecha para minimizar las obras pasadas. Viaje usted por el nuevo puente sobre el Canal y sus accesos, y notará que –a pesar de que hasta la más insignificante quebrada tiene un letrero que la identifica– por ningún lado aparece "Puente Centenario". Es más que ridículo, ya que afecta a los desconcertados conductores que transitan por primera vez esa vía.
