El informe presentado ayer por Naciones Unidas sobre el avance del VIH-sida fue demoledor. Cuando termine 2005, 90 mil personas habrán muerto en estos 12 meses por culpa del sida en América Latina y el Caribe, y unas 230 mil habrán sido infectadas por el VIH. Lo que ocurre en África no tiene descripción.
La humanidad no ha logrado frenar esta pandemia, entre otras cosas, porque hemos estado más pendientes de la enfermedad que de la epidemia. A la enfermedad se la combate con acceso masivo al tratamiento médico y con la debida precaución en las actividades sexuales.
Pero la epidemia sólo se puede frenar si se atacan los prejuicios y los silencios que rondan al VIH y al sida. La discriminación de las personas portadoras, el miedo al estigma, las diferencias de género o las creencias que reafirman que la enfermedad es una especie de castigo para grupos específicos, juegan en contra de la solución. Todos y todas podemos ser infectados con el virus, y de todos y todas depende la solución.
Al Gobierno hay que pedirle que ataque la enfermedad, pero somos nosotros mismos los que podemos ganar la partida a la epidemia. Hablar claro y alto sobre el tema es el primer paso.
