Las palabras bonitas y las buenas intenciones no son suficientes para atender una realidad brutal que estalla en el rostro de los colonenses y que nos salpica a todos los panameños. Cada anochecer, al cerrar las puertas del hogar se abren otras a la espesura de las tinieblas de un horror que no puede ocultarse más.
No solo es pobreza y desempleo. Es delincuencia, violencia y abandono. Las pandillas se han tomado la cotidianidad nocturna en Colón, y si no ponemos un alto definitivo los titulares matutinos serán también convivencia violenta diurna con la muerte y la degradación. No podemos seguir volteando la espalda a la crudeza que se reporta casi a diario; la responsabilidad nos incumbe a todos: Gobierno y sociedad civil.
Las políticas antipandillas, la resocialización y la integración real deben alcanzar a la gente de la segunda provincia del país que de a poco parece la última.