El narcotráfico suele entrar por las puertas que un Estado deja abiertas, y Panamá debería aprender de los errores cercanos. A Colombia, la narcodegeneración le entró por los lugares y las gentes más desatendidas. No estamos hablando solo de seguridad, sino de presencia estatal.
Cuando los ciudadanos sienten que los servicios de salud, educación y las infraestructuras son un trampolín al desarrollo no caen en la tentación del dinero fácil del narco. Kuna Yala y las autoridades centrales del país tienen una historia de relaciones débiles.
Hace 80 años, quizá no era tan determinante, pero en estos tiempos, los indígenas kunas quieren desarrollo. Si el Estado no llega a tiempo, el narcotráfico ocupará su lugar. No se puede responsabilizar exclusivamente a los involucrados (el eslabón débil) ni se puede pensar que es un mero problema policial.
Quien ha visto los centros de salud de Kuna Yala, las escasas vías o las tristes escuelas no tiene que preguntarse el porqué del florecimiento de este narcofenómeno. O se ataja ahora o lloraremos como nuestros vecinos.
