En los tiempos en que los juegos de azar eran un monopolio estatal, el juego terminaba siendo un impuesto sobre los pobres. El lucro generado iba a parar directamente a las arcas del Estado. Pero, desde que los juegos de suerte y azar -incluyendo hipódromo, bingos, casinos y salas de máquinas tragamonedas- dejaron de ser un monopolio estatal para convertirse en un rentable negocio privado, esa carga apenas si revierte al país. Lo que empezó con un par de casinos ha terminado en una desbocada y muy competitiva carrera de promoción de todo tipo de salas de juego. Cada panameño es libre y responsable de sus actos y no aboga este diario por la prohibición al juego. Pero la sociedad debe hacer un alto y meditar sobre los alarmantes resultados de una abierta política oficial de promoción de esta actividad. ¿Le conviene al país, como estrategia de largo plazo, terminar con una sala de juego en cada esquina de la ciudad y en cada pueblo del interior? Solo en apuestas legales salen del bolsillo de los particulares más de 200 millones de balboas al año. Y, por favor, dejémonos de engaños con el mito de que los casinos promocionan el turismo, ya que no son los turistas quienes atestan las salas de juego. Solo basta entrar a cualquiera sala de juegos y comprobarlo.
Hoy por Hoy 2005/04/17
17 abr 2005 - 05:00 AM
