Si bien las catástrofes son de índole natural, y por lo tanto inevitables, o de carácter excepcional, sus alcances y consecuencias pueden ser reducidos en la medida que las sociedades se preparen mejor para enfrentar este tipo de eventualidades. La experiencia panameña en fenómenos como inundaciones o grandes incendios es que los sistemas de prevención son débiles. Los desastres naturales son también tragedias económicas: durante 2004, las pérdidas mundiales por esa causa treparon a 500 mil millones de dólares. Sólo en los Estados Unidos, el gobierno tuvo que gastar más de 20 mil millones para atender las emergencias producto de tres huracanes que golpearon al estado de Florida. Pero para enfrentarlos y minimizar los costos, organizaron un sistema con recursos financieros y con un respaldo político que facilita su operación. Otro aspecto aleccionador de la experiencia estadounidense es haber logrado una clara asignación de funciones en la coordinación de las tareas a ejecutar, algo que en nuestro país se ha advertido como déficit recurrente en numerosas situaciones de desastre. Valga el ejemplo de las inundaciones en Prados del Este, que dieron lugar a numerosas disputas entre las autoridades sobre las mutuas responsabilidades, que demoraron la ayuda a los damnificados. A pesar de que las víctimas de un terremoto con características de cataclismo, como el ocurrido el pasado domingo en Asia, son difíciles de socorrer, los operativos a los que se hace referencia son ejemplos que deberían ser, antes que excepciones, una regla en políticas de prevención.
Hoy por Hoy 2004/12/28
28 dic 2004 - 05:00 AM
