Si se hace una revisión imparcial de las investigaciones que ha llevado a cabo en los últimos cinco años la Contraloría General de la República, se llega a la conclusión de que su titular ha ejercido un papel disonante. En algunas ocasiones se le ha visto apegado a la ley, preocupado por los mejores intereses del país y vociferando por un control férreo y una mayor fiscalización. En ese sentido, se enfrentó a “peces gordos” y empresas poderosas a las que de alguna forma comprobó que habían lesionado el patrimonio del Estado. Y allí, el contralor logró el beneplácito y reconocimiento de toda la ciudadanía. Pero en otras ocasiones se ha visto incoherente, sin visión ni objetivos, simplemente actuando con base en sus impulsos y humores, y -lo peor- sin sentido común. En esta línea se puede catalogar el pronunciamiento que acaba de hacer en contra del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), al que denunció de clientelismo político. Si este es o no otro caso de corrupción de los miles que afectan a este país, es potestad del contralor investigarlos y asegurarse de que los involucrados sean llevados a la justicia. Pero hacerlo cuando faltan dos semanas para que abandone el cargo, es una muestra más de la omisión que mantuvo durante su gestión y de que siempre ha sido selectivo a la hora de sus enfrentamientos. Y ese no es el papel de un contralor.
Hoy por Hoy 2004/12/18
18 dic 2004 - 05:00 AM
