El trágico episodio del pasado viernes 3 de septiembre, en el que terroristas tomaron como rehenes a más de 1,300 personas, entre niños y adultos, dentro de una escuela en Beslan, una provincia al suroeste de Rusia, y que al final dejó más de 320 muertos, nos enseña algunas lecciones que conviene entender y aprender. La primera es que el terrorismo, de cualquier clase, merece el repudio internacional. En segundo término, no es absolutamente necesario tener un ejército bien equipado y bombas atómicas para defenderse de estas acciones terroristas. Estas armas en manos de inexpertos y personas irracionales pueden resultar hasta más peligrosas que los mismos extremistas. Y, tercero, es imposible negociar con grupos radicales que prefieren morir porque sus metas sobrepasan su amor propio y anulan su instinto de conservación. ¿Qué hacer, entonces, cuando al terrorista no le importan las consecuencias con tal de lograr sus objetivos? Es importante encontrar respuesta a esta interrogante. Sin lugar a duda, la estrategia utilizada por el ejército ruso no fue la más conveniente, por lo tanto, resultó peor el remedio que la enfermedad. Hoy, miles de dolientes lloran a sus muertos y no encuentran una explicación a lo sucedido.
Hoy por Hoy 2004/09/08
08 sep 2004 - 05:00 AM
