Cualquiera sea el resultado final de la gestión de Martín Torrijos como Presidente de la República, la alternabilidad del poder es uno de los pilares importantes del sistema democrático que experimenta Panamá desde la destrucción de la dictadura militar. El mandato que asume hoy el heredero político de quien encabezó una revuelta cuartelaria, es un legado que le permitió subir peldaños inalcanzables e inimaginables para muchos, incluso dentro de su partido. Ha llegado hasta aquí con una combinación de oportuno silencio y manifiesta voluntad de abrir la patria nueva con algunas cerraduras viejas. Aunque hay razones para sospechar que el nuevo presidente esté escondiendo una vocación de poder, la mayoría legislativa que el electorado le confió puede convertirse en el vehículo para construir un mejor país o en la maquinaria destructiva del proyecto para un futuro halagüeño. El principal problema de Torrijos es la dimensión de sus promesas de campaña y el alcance de las expectativas despertadas en la población. Quienes después de los recientes años de desierto social se sienten seducidos por su estilo carismático, harían bien en tener presente -aun manteniendo la fe- que cuando las promesas no se cumplen y los intentos fallan, los retrocesos son enormes. La historia de nuestro país muestra pruebas abundantes. Se acabó el tiempo de la conquista electoral; ahora, al trabajo sin más dilación.
Hoy por Hoy 2004/09/01
01 sep 2004 - 05:00 AM
