Hoy concluye el periodo presidencial de Mireya Moscoso, quien fue elegida luego de una promesa que denominó "Nuestro compromiso para el cambio", en el que nos vendió planes concretos para disminuir la corrupción y el nepotismo, aumentar la transparencia y mejorar la administración de justicia. Las promesas quedaron en eso, promesas, y la población fue testigo de cómo la corrupción durante estos últimos cinco años socavó las instituciones del Estado, trastocó los valores morales de los funcionarios y generó altísimos costos económicos e institucionales que tendremos que pagar durante muchos años. Al margen de cualquier consideración en cuanto a su capacidad gerencial o su efectividad, bastaba con un mensaje claro de integridad y austeridad de la mandataria hacia su equipo de gobierno para que el tono de su administración hubiera sido otro. Bastaba con aplicar las leyes vigentes, exigir transparencia a los funcionarios y sancionar severamente a los artífices de maniobras ilícitas. Pero no ocurrió así. La comunidad espera que, con el inicio de una nueva administración, la clase política haga un sacrificio que esté acompañado por conductas austeras y transparentes, capaces de demostrar que hay voluntad para eliminar la corrupción. Un verdadero político debe actuar con honestidad pública y señalar con su propia conducta el camino a seguir. Urge en Panamá un presidente supeditado a la Constitución y a la Ley, y que a través de su conducta sea el espejo en donde se mire el resto de los funcionarios.
Hoy por Hoy 2004/08/31
31 ago 2004 - 05:00 AM