La calidad de la democracia es en buena parte el resultado de lo que ocurre durante las campañas electorales. No es suficiente que los partidos políticos se limiten a firmar pactos éticos o acuerdos de buena conducta, si al final los candidatos y sus asiduos seguidores hacen lo que les viene en gana. Peor si se trata de la presidenta de la República y el resto de sus adeptos. Es por eso que las vacaciones de ministros y funcionarios por uno o dos días para hacer política representa una burla que merece el mayor de los reproches por parte de la ciudadanía. El significado de las vacaciones es precisamente el de tomar un merecido descanso de 30 días después de once meses de arduo trabajo. No reconocerlo es hacer mofa de la ley y violar su espíritu por todos lados. La idea es que si se separan de sus cargos para el disfrute de vacaciones, dejen a un encargado con la responsabilidad y autoridad sobre sus subalternos. De lo contrario, tenemos a un superior jerárquico en pleno ejercicio de su autoridad en labores de proselitismo, que es lo que pretende evitar el código electoral. ¿Y qué ocurre con los vehículos que los transportan? ¿También solicitaron vacaciones? Sugerimos a estos funcionarios que recapaciten y adopten la actitud que esperan de ellos el país y la democracia.
Hoy por Hoy 2004/03/27
27 mar 2004 - 05:00 AM