La posición adoptada por el Gobierno de Costa Rica de apoyar a Trinidad y Tobago en su lucha por lograr la sede permanente del ALCA, y que ha generado entendibles reacciones en varios sectores de la comunidad y en el sentimiento de todos los panameños, es parte de una tradición autodestructiva de los países centroamericanos que aún no tienen claro la importancia de una verdadera regionalización. Esta situación contrasta fuertemente con las políticas de apoyo multilateral y de inserción activa que siguen los países de los bloques europeos y asiáticos, las cuales han contribuido a generar ventajas comerciales y ganancias en ingresos y puestos de trabajo. No ha valido de nada que nuestro país postulara a la abogada Elizabeth Odio para el cargo de magistrada de la Corte Penal Internacional. Ni que nuestra presidenta tenga como una de sus principales asesoras a otra costarricense. Tampoco han servido las intenciones para lograr, en condiciones de reciprocidad, múltiples acuerdos de índole comercial. Por lo visto, Panamá se ha quedado sin el apoyo de su vecino, por lo que deberá redoblar sus esfuerzos y asegurar, mediante una estrategia más agresiva, la sede del ALCA. En este contexto, la posición de nuestros negociadores no puede ser otra que, en el marco del respeto mutuo, llevar con ímpetu hasta el final uno de los proyectos más importantes de los últimos años para los panameños en la esfera internacional. De lo contrario, se confirmaría la hipótesis de que el Gobierno negoció la sede del ALCA a cambio del TLC con EU.
Hoy por Hoy 2004/02/24
24 feb 2004 - 05:00 AM
