Todas los candidatos en sus campañas políticas dicen lo mismo: el gobierno de turno es corrupto. Pero de llegar al poder, terminan tomando sopa de sus propio chocolate. El gobierno de Mireya Moscoso es un buen ejemplo. Prometió combatir la corrupción, se rodeó de algunos asesores honorables y nombró una comisión para que señalara los casos que debían investigarse y para que recomendara medidas para evitar esta mala práctica. Como toda promesa de todo buen político, sus palabras resultaron de un vacío intolerable: sus asesores renunciaron -hastiados de lo que veían- y el trabajo de la comisión quedó en el olvido gubernamental. Mencionar los casos en los que se sospecha que hay o hubo corrupción en este gobierno sería tarea aburrida, por lo conocidos que son. Pero esos casos, aunque resulten abochornantes, no es cosa rara. La corrupción siempre existirá, lo indignante es que las autoridades obligadas a investigar la corrupción en Panamá son deliveradamente sordas, ciegas y mudas. Tal insensibilidad comienza a llamar la atención de Estados Unidos, donde los corruptos, privados de sus preciadas visas, ya no podrán disfrutar de Disney o ir de compras a Miami o Nueva York. Hasta la AID ha prometió cien mil dólares para combatir la corrupción en este país. En respuesta, la presidenta -que ha tenido todo en sus manos para contrarrestar la corrupción- dijo que esa cantidad es exigua. Lo que resulta insuficiente aquí no es el dinero, como afirma Moscoso, sino su voluntad de enfrentar este mal. Y eso no se consigue con dinero.
Hoy por Hoy 2004/02/08
08 feb 2004 - 05:00 AM
