Aunque la modernización del Estado ha sido un objetivo proclamado por todos los gobiernos democráticos y es una de las promesas preferidas de los candidatos durante sus campañas electorales, poco se ha hecho al respecto. Panamá, de acuerdo con un diagnóstico recientemente publicado por la CLAP, se ha convertido en el país de la burocracia por excelencia y cuya planilla oficial es la más abultada per cápita de América Latina. Por eso, cualquier iniciativa de reformar las instituciones es alentadora, pero debe tomarse con cautela. Es indudable que para mejorar el rendimiento de la administración pública es preciso tener la voluntad política de sostener en el tiempo las tareas necesarias para lograrlo. Pero, más allá de ciertas visiones estereotipadas, que ven a las oficinas públicas como un conjunto de burocracias lentas e incompetentes a las que habrá que desaparecer en su totalidad, la realidad es que a menudo la administración pública tiene a su cargo funciones esenciales e indelegables. De lo que se trata, entonces, es de que funcione adecuadamente. Además, como sucede con todo proceso, para cambiar el Estado hace falta involucrar en ello a todos los protagonistas, desde los funcionarios y agentes públicos hasta – y muy en especial – los propios ciudadanos.
Hoy por Hoy 2004/02/04
04 feb 2004 - 05:00 AM
