Los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas han documentado en diversas publicaciones que la conducta obsesiva lleva al desgaste mental y a la comisión de errores innecesarios. Por lo visto, la presidenta de la República no se ha percatado de ello y sigue insistiendo en hacer cosas arbitrariamente que no le convienen ni a ella ni al país. Primero se ensañó en que la gobernabilidad estaba por encima del cumplimiento de las leyes cuando exigió la renuncia de algunos funcionarios con cargos fijos en instituciones del Estado. Más recientemente se encariñó con una carretera en tierras altas y pregonó, a pesar de todas las manifestaciones en su contra, de que el camino va de todas maneras. Y ahora, sin medir las consecuencias de sus palabras, confesó que va a hacer campaña política todos los días a favor de la nómina oficialista. Estas declaraciones son una bofetada para un país que observa cómo a la presidenta se le acaba el tiempo para hacer todas las cosas que prometió en campaña y no ha cumplido. Que no se le olvide que ella fue elegida en 1999 para gobernar y no para encargarse de actividades proselitistas. El primer deber de un presidente es presidir mañana, tarde, noche y madrugada. Mal hacen los magistrados del Tribunal Electoral en permitir a la mandataria hacer lo que le venga en gana, sin razón de peso, porque no existe ninguna norma constitucional que le confiera esos derechos, pero sí las hay que establecen sus deberes como presidenta de la República.
Hoy por Hoy 2004/01/26
26 ene 2004 - 05:00 AM