La más clara evidencia de la degradación moral que sufre la nación, no es, como tanto se repite, el mero intercambio de inculpaciones mezquinas, sino la ausencia de quien pudiera denunciar las inmundicias, sin estar untado por ellas. En detrimento de los más elementales principios éticos, la incriminación de “ladrón” es contestada por la de “encubridor y lavador”, mientras que los señalamientos de podredumbre en la Asamblea Legislativa son replicados con un inverosímil “tú eres el más corrupto (… de todos nosotros)”. Los lineamientos no son, entonces, la rectitud, la honradez o la rendición de cuentas, sino el contraste de las propias inmoralidades con las faltas ajenas, que convenientemente se ventilan como más oscuras. El cuadro no es otro que el de unos personajes cubiertos de fango, que optan por limpiarse por unos segundos la boca, con el solo propósito de señalar la suciedad de sus compañeros de lodazal. En los albores del primer experimento democrático, el sofista Protágoras argumentaba que “el hombre era la medida de todas las cosas”. Aquel razonamiento de cómo la idiosincrasia y los estándares éticos de un pueblo terminan por moldear las concepciones de lo bueno y lo malo es, hoy por hoy, una sentencia que retrata la desgracia panameña. Y es que si la vara con que se medirá la labor de los servidores públicos estará constituida por los propios elementos que han denigrado la actividad política, podemos despedirnos, de una vez por todas, de cualquier esperanza que haya surgido de este grotesco espectáculo que optamos por denominar como ese sistema que idearon los contemporáneos del sabio griego.
Hoy por Hoy 2003/12/11
11 dic 2003 - 05:00 AM
