Panamá está enfermo de un cáncer político que le roba a sus ciudadanos la opción de un futuro próspero, y el país marcha entre la resignación y el asombro. La comunidad ve cómo la clase política despotrica contra la moral y no sanciona la ausencia de principios y valores. Ya ha quedado demostrado que el "gen de la corrupción" anida en todas las esferas y amenaza el proceso de desarrollo. Es hora de castigar a los corruptos responsables que no se sienten obligados ni por las expectativas públicas ni por sus promesas electorales. Es evidente que la corrupción siempre encuentra campo fértil en quien ejerce el poder, pero aunque ciertos compromisos éticos pueden representarle reparos u obstáculos, no es menos cierto que la posibilidad de su ocurrencia está más ligada a ciertas "urgencias" políticas, a la falta de controles - piénsese en el manejo discrecional de fondos reservados - y a los sistemas poco transparentes en los que se desarrolla la política panameña. La corrupción pública ha dejado de ser patrimonio de "los otros" y ha pasado a ser un riesgo de todos. De allí la importancia de que el magistrado Winston Spadafora falle con criterio de derecho en los tres casos sonados pendientes en los últimos años. A Spadafora, quien vivió en carne propia y lloró el dolor de la corrupción en la época de la dictadura, le ha llegado el momento de convertirse en el paladín de la verdad y la justicia, y de fallar a favor de la decencia.
Hoy por Hoy 2003/12/10
10 dic 2003 - 05:00 AM
